sábado, 24 de septiembre de 2011

La sombra de arcilla

La Nave
lanavepoetica.blogspot.com
Plaquette alternativa  5; Bucaramanga, septiembre de 2011; lakartilla@hotmail.com; Director: Claudio Anaya; Comité asesor: Diagramación: Gloria Inés Ramírez M., Diseño: Diana Katherine Ramírez  J., Pavel Ángel Miranda N.
La Nave es una publicación seriada, cuya finalidad es difundir la creación literaria y cultural de Santander.


La sombra de arcilla


Por: Claudio Anaya

  Hay muchas formas de escribir poesía; tantas, cuantas personas ejercen el oficio; tantas, cuantas formas de sentir hay en el mundo. Sin embargo una de ellas tiene una poderosa influencia en quienes nos ocupamos de estas cosas; es la actitud que asumió ante la poesía el poeta colombiano Aurelio Arturo. Él pertenece a esa estirpe de poetas con un gran sentido de consideración y de práctica ante las complejas relaciones del mundo. Tal vez no quería agregarle más peso al planeta, más complicación a la vida, y con gran sentido de levedad agregó a ese mundo que dejó en 1974, sólo un puñado de poemas y canciones, en el cual resumió el sentido estético de lo que vieron sus ojos de niño, en las comarcas al sur del cañón del Río Patía.
   Ante el ejercicio poético cabe resaltar su actitud distante y prudente, su austeridad ante la evocación, la paciencia de eterno alfarero que lo acompañó siempre en el incesante y retirado oficio de moldear con constancia la arcilla de la que están hechos sus poemas, antes de decidir el instante en que tendrán forma definitiva en la escritura, antes de que el ánfora quede girando ante nuestros ojos. Sólo eso, un puñado de poemas. “Todo lo que tengo que decir lo dije en Morada al Sur”, confesó alguna vez a algunos de sus amigos. Según William Ospina: “Muchos versos, sin duda, ya habían tomado forma en su mente, por ese procedimiento singular de su poesía, que crecía lenta y segura en él, y que sólo y circunstancialmente se resignaba a lo definitivo del lenguaje escrito”.
   Esta actitud de Aurelio Arturo nos recuerda inevitablemente a otro maestro latinoamericano, a Juan Rulfo. Maestros que pocos árboles han tenido que derribar para que su nombre gane un espacio en la historia de la literatura. Habrá otros maestros de esta línea o talante, pero con seguridad son pocos y se constituyen en ejemplo de dignidad ante el problema de los best seller o de los escritores leñadores que cada año publican un libro, sin que tengan mucho que decir.
   El tiempo es el mejor antologista, dijo repetidas veces, Borges. De esta sentencia podemos inferir su aplicación en el aspecto individual de los escritores, la depuración constante del texto ante la perspectiva de que la literatura es ganarse un modo propio de decir las cosas sobre las que todo el mundo habla o escribe. Y la conciencia humana, esa mezcla confusa de razón, instinto y sentimiento, se conforma por una serie de antesalas o borradores sobre los que trabajamos las palabras o las ideas, o ellas nos trabajan a nosotros; de todos modos es un grato, a veces doloroso o apasionado encuentro en el cual dejamos signado nuestro paso por el mundo, las alucinaciones del presente, la visión de lo que vendrá.
   Aurelio Arturo eligió, o tal vez fue su destino escribir la nostalgia de sus primeros años, de sus remotos paisajes del sur, remotos en la distancia, en el tiempo, y evocados como todo recuerdo a contracorriente, río arriba hasta llegar a la fuente del mito, donde lo personal se torna esencial y donde un hombre es todos los hombres. Se valió de una depuración del recuerdo, firme y armónica, la cual, como el sueño, libera la memoria de las ataduras y la  hojarasca que son lo puramente circunstancial, los agregados de la pobre cultura material. Esta depuración del recuerdo es un triunfo espiritual, una forma superior de inteligencia y de conocimiento de los universos interiores del hombre. De ahí, el tono épico de sus poemas, su atmósfera mítica y fundacional pues no canta la sola experiencia de un solo hombre sino de todo un pueblo, tal vez de toda la humanidad. Es esta la quintaesencia de lo poético, la perennidad de la poesía, el ámbito en donde el alma de cualquier hombre es la misma que la del más humilde campesino.
   Lección de humildad y sencillez ante la vitalidad y la ingenuidad de la vida natural que es como una muchacha púber, influenciable y voluble, y que manifiesta su manera de ser en la incondicional presencia de todas las cosas que pueden ser necesarias o que pueden contener la idea, la concepción de un mundo elemental y primitivo. La búsqueda de lo esencial en la vida es volver los ojos hacia lo que sostiene la vida y la hace posible; no hacia las cosas que la complican o la destruyen. Es quizá por esto, que los poemas de Aurelio Arturo están cargados del aire balsámico de los bosques, de una sensación de cósmico regocijo ante la visión de los fértiles valles, están cargados del sutil aleteo de las palabras de la nodriza y de las actitudes y las siluetas de hombres muy viejos que habitaron algunos días de su niñez; están cargados de tambores, de indómitos caballos que saltan sobre el horizonte, de hadas, del olor a húmeda tierra, de soleado trigo, de follajes azotados por el viento y del viento que llega a retozar en los patios, del polvo de los caminos, de ríos, canoas y grandes troncos, de frutas plenas, de aldeas, de rocío, de estrellas murmurantes y de la presencia de la casa, grande y misteriosa, llena de palabras y leyendas que quizá no se pueden desentrañar; sus poemas están cargados de todo esto y de muchas otras cosas que representan la relación armónica del hombre con la naturaleza, con el cosmos.  


III
(de Morada al sur)

En el umbral de roble demoraba,
hacía ya mucho tiempo, mucho tiempo marchito,
un viento ya sin fuerza, un viento remansado
que repetía una yerba antigua, hasta el cansancio.

Y yo volvía, volvía por los largos recintos
que tardara quince años en recorrer, volvía.

Y hacia la mitad de mi canto me detuve temblando,
temblando temeroso, con un pie en una cámara
hechizada, y el otro a la orilla del valle
donde hierve la noche estrellada, la noche
que arde vorazmente en una llama tácita.

Y a la mitad del camino de mi canto temblando
me detuve, y no tiembla entre sus alas rotas,
con tanta angustia, un ave que agoniza, cual pudo,
mi corazón luchando entre cielos atroces.

*

Texto leído el 16 de abril de 2003 en la sala de conferencias del Instituto Municipal de Cultura de Bucaramanga, y publicado en CARTILLA MÍNIMA Nº Cero, Bucaramanga, abril de 2006     

sábado, 17 de septiembre de 2011

El paisaje indeleble

La Nave
lanavepoetica.blogspot.com
Plaquette alternativa 4; Bucaramanga, septiembre de 2011; lakartilla@hotmail.com; Director: Claudio Anaya; Comité asesor: Diagramación: Gloria Inés Ramírez M., Diseño: Diana Katherine Ramírez  J., Pavel Ángel Miranda N.
La Nave es una publicación seriada, cuya finalidad es difundir la creación literaria y cultural de Santander.



El paisaje indeleble

  
Por: Claudio Anaya

La poesía según Javier Félix, debe obedecer principalmente al encuentro con la belleza interior. Que la poesía explore en las situaciones y circunstancias humanas y atrape en el texto esa visión que captó el poeta. De ahí que sus textos se alejen de esas temáticas snobs tan en moda por estos tiempos, o carezcan de esas experimentaciones técnicas muchas veces vacuas o artificiosas; al fin y al cabo como dijo el apreciado profesor Serafín Martínez: “En literatura se puede ser un buen creador, sin ser un innovador técnico”.

Para Félix el texto debe ser natural y cristalino como un riachuelo en un oculto pliegue de la montaña. Y entendible como el arte clásico y figurativo, al cual ya la historia de la cultura asignó sus capítulos y su época, pero no por eso venido a menos, antes, por el contrario, conservando toda la monumentalidad de las propuestas directas y de fecundos sustratos, pues su poesía no divaga en ideologías ni hace complicados giros abstraccionistas, sino que toma la anécdota por la cabeza y en un lenguaje universal incluye inexorablemente toda la carga de lo humano y lo social. La totalidad del ser humano en sus universos interior y exterior.

Estos Textos mediterráneos, con suaves matices, nos hablan de la sutil alegría del descubrimiento del viajero. La admiración elemental, casi infantil, de los espíritus leves ante los parajes y los lugares del mundo. Recordándonos así la antiquísima actitud de ser sólo viajeros en este mundo, actitud que sobrevive en nosotros tal vez por su doble condición de origen: nuestro remoto pasado cuando fuimos nómades, vagabundos sobre la piel de la Tierra, y nuestra fugaz existencia, nuestro efímero paso por la vida.

Los libros de viajes, la memoria visual y táctil de voyeur o esas crónicas de pequeños mundos e incógnitas vidas, que a veces se presentan como muy frescos apuntes en medio de una selva de hojarasca, y que quedan atrapados en la libreta de apuntes, en el messenger o en la agenda de diario entre citas de negocios, parciales balances contables, y listados de teléfonos y correos electrónicos, expresan a la perfección nuestro intermitente paso por el mundo. Son el desinteresado relato, la sutil confidencia y la muestra de esa capacidad de asombro por las cosas sencillas del mundo, que aún no se ha perdido y sobrevive en quienes han decidido tomarse la vida con serenidad y mesura, en quienes hacen una pausa para descansar y pensar, y no terminan por creer en la celeridad que el mundo les ofrece, y saben que otro tipo de sociedad es posible. Y pensando que la vida debería ser frugal, o impronta y relajada como la lectura de un libro de viajes, me viene a la memoria la paradoja del poeta, atrapado entre la búsqueda de su libertad esencial y uno de los peores inventos del hombre: el trabajo, el trabajo material con finalidad económica, antípoda de la realización de su obra.

Textos mediterráneos es un libro del oficio de viajero, el relato de un viaje, de un camino, de un tiempo en la vida de un poeta que viajó en los años noventa a conocer una de las fuentes de las cuales provenimos. Y representa la despreocupación de las rutinas, un rompimiento con el sedentarismo y un intento por alcanzar alguna de las quimeras que habitaron la juventud de nuestra generación.

Tren a Palermo

“Tunella vitá non safare nienti di capire” Salvatore.

Ventana azul inolvidable que bordea la esperanza, ilusión perpetua de caminar en un paraíso por la costa vieja de zapato siciliano que recorre mi pie joven; ingenuidad en la carroza segunda, invadida ahora, vagabunda, tornada en el color del mar, mi vientre, mi sexo,  mi respiración, inundando con su savia el néctar que engendrará para siempre un ser humano, frágil.

Crepúsculo en Roma

Abrazado a un árbol, recorro la primaveral ciudad de Miguel Ángel y escucho las canciones de la coral divina en un templo repentino.

La tramonta juega con la seda de mi cabello y me permite ignorar la dura soledad.

Camino largo, extraño; fugaz vacío en mi entraña. Pasivo y lento. Dedico mi piel y mi corazón a una criatura que Dios me ha enviado.

Tomando café

El barullo del diálogo que todos intentan aquí, adentro.

En un rinconcito tu rostro, tu olor, tu presencia sideral.

Tanteo dibujarte en cada palpo, en cada bocanada de imágenes que me llega.

Despedirse, la propuesta, pero es imposible dejarte, es ilógico pensar que te quedas, porque ya viajas en mis más internas sustancias, ya recorres los golpes que la memoria me proyectará en la inmensidad de un mar que me cobije y de una tierra que me ame.







Tomado de Nave de Papel No.8, abril de 2010


Dentro de la ballena del día

La Nave

lanavepoetica.blogspot.com
Plaquette alternativa  3; Bucaramanga, septiembre de 2011; lakartilla@hotmail.com; Director: Claudio Anaya; Comité asesor: Diagramación: Gloria Inés Ramírez M., Diseño: Diana Katherine Ramírez  J., Pavel Ángel Miranda N.
La Nave es una publicación seriada, cuya finalidad es difundir la creación literaria y cultural de Santander.



Dentro de la ballena del día






Por: Claudio Anaya

Ni la sombra te ha visto, es una pequeña colección de poemas de Wilson Bejarano Hernández, y nace de una ruptura, de la ruptura que representa la fatiga de todos los intentos posibles en los lenguajes de la formalidad.

Este poeta abandonó el lenguaje formal y  la anécdota, y se internó gradualmente en la gruta primigenia, avanzando a tientas y desechando muchas situaciones e imágenes del mundo exterior. Conservando solamente una veta de pasión por el oficio literario, y cierto cansancio del mundo.

Su trabajo de minero, de explorador de las oscuras profundidades de la ballena del día, del duro pan del día que es como la corteza del mundo, le deparó el destello de una punta de cuarzo y después otra, y otra más, hasta reunir en sus manos embarradas este manojo de poemas, dichos en un lenguaje sorprendente, concebidos en uno de los anegadizos umbrales entre el surrealismo y el irracionalismo, pero como producto de una rebeldía muy consciente con respecto a lo social.

Estos poemas son el testimonio de esa franja de libertad, de intimidad y misterio, que debe tener cada persona para sentirse viva.


Reloj viajero

En esas sombras bárbaras
las paredes en las gotas de sangre
las horas detenidas y el viaje sin descanso
viene con sus sábanas blancas
con el trono herido.
El uno, sentado en el corazón
el dos, compartiendo repúblicas
el tres, hora fatigada de enero
el cuatro, en comunión de idilios
y viajas… y viajas…
de Suiza,
en las manos de un ángel negro
a Guatemala
en las manos quemadas
por el sol de los esclavos
por las balas y los misiles.
Te redondeas como la luna, libre
te coloreas como los huesos,
te ausentas de la muerte.
El cinco me observa con justicia
necesita esclavizar mi espacio
necesita la batería
para dar muertas… horas vueltas…
tarde eterna de sol… idea eterna
que el vino abunde desde París de dónde vienes
desde la clínica que te dio de alta
hasta mis pies ajados
que quieren darle vuelta al universo.  

Huida

Todos en marcha, defendiéndose
del público, deplorable la huida,
una fila solitaria, gris, tardía e inhumana,
su hipnotismo no tenía discusión,
recogían el mármol, las antorchas
balbucean tez, pierden su
primavera, son gotas de oro, el
ruido de sus bocas esparce ceniza,
sus puños, sus blancos ojos, su
cabellera colectiva, es un moño de
horror, es un cuerpo de sangre
infinita que nos sigue.

Piel a gotas

¿Por qué?
¿Por qué no somos una nube densa,
 sin colores,
 transportada por vientos de fuego?
¿Por qué morimos?
¿Por qué no nacemos viajeros en epidermis morenas?
¿Por qué nos enamoramos si la unión visceral tiene mundos
equivocados?
Son noches sin luna.
El tren fragua las intrigas
se esparcen las sonrisas y el llanto
en una avenida sin nombre
en tierras rotuladas con el adiós
y el fusil… y la viudez… y el odio…
y los yertos paisajes noctámbulos
cortan la piel con sus gotas húmedas
gotas de nombres y de cruces.





Tomado de nave de papel N°6, agosto de 2009

Cronista de la lluvia

La Nave
lanavepoetica.blogspot.com
Plaquette alternativa 2 ; Bucaramanga, septiembre de 2011; lakartilla@hotmail.com; Director: Claudio Anaya; Comité asesor: Diagramación: Gloria Inés Ramírez M., Diseño: Diana Katherine Ramírez  J., Pavel Ángel Miranda N.
La Nave es una publicación seriada, cuya finalidad es difundir la creación literaria y cultural de Santander.


Cronista de la lluvia



Por Claudio Anaya L.

Tal vez Antonio Acevedo sea el poeta más convencido de su oficio en nuestro medio, una disciplina inamovible lo ha conservado fiel a su ejercicio literario a lo largo de varias décadas, tal vez la única fidelidad que ha observado en su vida; consignar con paciencia de cronista del mundo y de sus cosas, sus vivencias o su visión de la vida, filtrando los hechos, los conceptos y las imágenes a través del deseo de configurar o consolidar una obra literaria ambiciosa en la medida en que trabaja con una infinidad de temas en su poesía, y se asoma a los temas universales y a la gran cultura con la confianza que debe tener un escritor con respecto a estos trajines. Ha publicado cuatro autodenominadas antologías poéticas: Arte erótica en 1988; Los girasoles de Van Gogh en 1990; Atlántica en 2005; y  En el país de las mariposas en 2007; además de una serie de plegables y folletos en los que ha resaltado otros perfiles de su trabajo; publicaciones que han sido extractadas de una colección de tal vez más de once libros de poesía. Escritor prolífico del cual hace algunos años otro colega, nuestro Kipling boyacense, al enterarse de su fecundidad literaria dijo: “A Antonio hay que conseguirle trabajo o amarrarle las manos”. Su principal medio o recurso expresivo, es una suerte de monólogo asordinado que nos recuerda el sonido de la lluvia y en el cual el lector va encontrando encastadas las perlas de algunas imágenes, delicadas y tiernas a veces, como en su poema Al paso de mi mano sobre tu pelo:

Al paso de mi mano
sobre tu pelo como por mi
cuerpo sobre tu cuerpo
estremecida te abres
como un cielo despejado
en donde acaba de cesar
la lluvia que hace dibujar
el arcoíris en la tarde
húmeda y respiro bajo
su arco como reposo
bajo tu cuerpo cuando
he llovido dentro de ti.

y audaces y hasta procaces otras, de marcada tendencia erótica como en su poema La hierba púbica:

En el origen del vértice
de sus muslos como tierno
follaje nace la hierba púbica
que alucina como amapola
y conjura olorosa como una
misteriosa flor nocturna
acaríciala con mágica ternura
y ámala con secreta dulzura
que ella es la hierba púbica
en donde aflora la rosa
carnívora que hermosa devora
como el cielo  a la noche.

Otro poeta en nuestro medio, hacía énfasis en que la poesía no es un género sino una materia, un éter o una sustancia común a todos los géneros y sus híbridos, y que, a lo que llamamos poesía deberíamos llamar poema; como decir cuento, relato, ensayo o novela. Ahora bien, toda obra literaria de valor en cualquier género debe tener ese voltaje o atmósfera poética, que dicho de otra forma, son esos alcoholes de la nostalgia destilados en las palabras por nuestro espíritu, es ese ámbito creado conjuntamente entre el autor y el lector. Los tiempos cambian y con ellos los géneros literarios evolucionan. Hoy en día tienden a borrarse los límites entre los géneros, y un ejemplo característico son estos poemas de Antonio Acevedo que se originan en una anécdota y con una base narrativa, pasan luego a la revelación de la imagen. De ahí su monólogo que se centra en el discurrir de la memoria del voyeur, del observador o el mirón, o como menciona Mario Rivero en uno de sus poemas: “Soy un cuenta cosas, soy un husmea cosas”.

Los poemas de Antonio Acevedo nos dan un paseo por la memoria de la cultura, principalmente por la historia de la literatura, que encontramos como esos comentarios ya sabidos y que por cálidos es bueno volver a comentar para recordar, y que sé que son tenidos por él, como el sustrato fecundo, el subsuelo nutricio de la cultura y del cual emana la vida espiritual, la actitud civilizada y la confianza en la razón. Casi todo lo que nos dice en sus poemas es visto tras el cristal de una ventana empañada por la lluvia o tras la cortina del tiempo, como en su poema Guevara, en memoria del Che:

Bajo su boina su
melena la agita
el viento con su barba
entre el humo de un puro
que se fuma con una
mirada intensa que como
en un cuadro de Da Vinci
yace vivo en la memoria
que arde con sus fuegos.
Su corazón se oye aún
Latir en el futuro.

Poesía de estirpe intimista y solitaria, que se desgaja como una conversación anónima que flota en los vapores de la tarde y en las penumbras de la casa, que habla de la soledad en medio del ruido del mundo, y de la necesidad que tiene el hombre contemporáneo de reconstruir su vida, así sea contándosela él mismo.

(Periódico EL FRENTE, Bucaramanga, mayo de 2008)

domingo, 11 de septiembre de 2011

El dorado falo de los azafranes

La Nave
lanavepoetica.blogspot.com
Plaquette alternativa N° 1; Bucaramanga, septiembre de 2011; lakartilla@hotmail.com; Director: Claudio Anaya; Comité asesor: Diagramación: Gloria Inés Ramírez M.; Diseño: Diana Katherine Ramírez  J., Pavel Ángel Miranda N.
La Nave es una publicación seriada, cuya finalidad es difundir la creación literaria y cultural de Santander.


Cuento, poema, ensayo, crónica, entrevista, reportaje

La Nave es una publicación seriada, cuya finalidad es difundir a nivel nacional la creación literaria y cultural de Santander.




el dorado falo de los azafranes
Esperanza Cruz


el dorado falo de los azafranes
Esperanza Cruz


por: Claudio Anaya

No siempre la manifestación poética del erotismo, ha de estar determinada por una serie de mediaciones maestras, más o menos formales, y de conceptualizaciones que no trascienden el ámbito de lo sagrado.

De las mediaciones maestras podernos decir que son la esencia del trabajo literario, la formulación de la experiencia en el nivel lingüístico, sin lo cual no habría arte literario. Pero aplicar con frecuencia estos criterios estéticos y técnicos, reduciendo de esta manera grandes posibilidades de expresión de la palabra y del espíritu, es caer en los rígidos moldes del academicismo y lo anacrónico.

La mentalidad de lo sagrado en lo erótico es esencia y vestigio de la sublimación mística de las religiones, del amor en el matrimonio, del amor en el sexo permitido, de las instancias sexuales autorizadas por el poder.

No siempre, repito, el arte erótica debe subyugarse a este tipo de intenciones y formulaciones, de un trasfondo político, pues, si se espera del poeta el máximo de compromiso al escribir su obra, no se le debe coartar con formalidades técnicas y mucho menos encasillarlo dentro de determinados criterios morales.

El sexo y el amor, valga la reiteración,  son algo tan natural y humano que precisamente por eso deben escapar al aura de lo sagrado, del amor como institución, de las formas de sexualidad reglamentadas y normatizadas. El amante, el poeta, el arte erótica, pueden solazarse con total libertad con el cuerpo, suyo o ajeno, al que puede utilizarse como objeto de placer, al igual que centrar su atención en el instante, por la pura sensualidad de la posesión del recuerdo, del recuerdo erótico que como un eslabón más, nos estructura y da profundidad y altura a nuestro conocimiento de la sociedad y del alma humana. El cuerpo del otro, de la pareja, es también un camino para llegar a nosotros mismos. Es, tal vez, la primera y más clara intensión en la poesía erótica de Esperanza Cruz: el encuentro con el instante, vivido o evocado, bañado por una luz de mediodía, azarosa e inocente como la naturaleza. Una naturaleza cruda y hasta cruel en su ingenuidad, que no contempla para nada la vergüenza. Y aunque las imágenes de estos poemas estén llamadas a provocar el escándalo, están muy lejos de cualquier representación vulgar o brutal, pues hay en ellas mucha inocencia, mucha luz inoportuna, tal vez demasiada para nuestro medio atávico y compulsivo.

El talante de su tono poético, directo, frontal, más apoyado en la fidelidad a la imagen que al estilo, nos hace pensar que de alguna forma fue tocada por alguno de los reflejos de la iluminación, y pudo plasmar con pocas palabras  una poesía que es una verdadera fiesta del cuerpo y el amor físico, una epifanía de la libertad del cuerpo y la voluntad.

Y pudo llegar a esto por la visión de la imagen y su éxtasis connatural, una actitud que no puede anidar en las mentalidades culposas.  Bajo ningún punto maduro de vista estos poemas pueden ser vistos como pornográficos, porque no los dice la crudeza (que sería una tendencia a la ausencia de cultura) sino la franqueza, y que puede calificarse como la base de la visión de la vida.

A Esperanza la perdí de vista en las espirales del tiempo, las trampas de la vida, la incertidumbre y las mudanzas. Por todo lo anterior, de su libro inédito de poesía “El dorado falo de los azafranes”, como el verso de Ezra Pound, sobreviven estos cuatro poemas enmarcados dentro de la tradición de Safo, Pietro Aretino y Apolinar, y de los cuales hoy vuelvo a disfrutar su lectura, porque son insolentes y altaneros.






Dulce combate

Magia en el movimiento
ligero como pájaros cernidos
sobre mí.
Borracha de placer
 voy a la batalla.
Gemidos, gritos
en lo intemporal del combate.
Me refugio en tus besos.
¡Listo tu cañón!
tiembla al paso de mi lengua
y un disparo
me arrebata.





Siembra

Mi cuerpo es un surco abierto.
Desnudos senos
preñados de leche y miel
ofrezco.
Dedos como nubes crecientes
por las crestas rosadas de mi zanja.
Mi tierra grita tu lluvia
y ella cae complaciente.





Cancioncilla

Tus muslos de color arena
estremeciéndose al paso de mis manos.
Tempestades en mi respiración
se hunden en tus recodos.
Fuertes agitaciones en tu pecho
estallan con libertad y dicha.
Te atraigo con el saxo de mi boca
somos dos en la soledad más deseada.
Amo tus abismos, igual que tus orillas.
Te encuentro dulce, ardiente
con los ojos cerrados al deleite.
Escalo tus paredes y mientras tanto bajas
quebrándome por dentro.



Óleo sobre lienzo

El momento se aproxima
siento caminar tus pinceles
sobre la desnudez de mi cuerpo.
Recorres cada parte de mí
con la precisión más exacta
más sutil…
Toda mi rosa se entreabre
 a la exploración de tu boca
y de tus dedos…
Unges tus labios
con la humedad de mi piel.
Tu óleo se derrama en mi boca
y pinto y pintas.